Un cartel con la palabra: “¡Brujo!”

Por Gustavo Figueroa.

Movilización en la ciudad de Neuquén – octubre de 2017.

Escribo sobre un papel, 

escribo sobre la tierra,

y también escribo sobre una hoja drive.

Vivo en la ciudad

y padezco su hacinamiento,

el patio chico de baldosas rotas

que más de una vez e intentado levantar

como buscando las raíces

que un día nos intentaron cortar.

Soy todo lo que una sociedad puede despreciar:

escribo poesías,

investigo a aquellos que han hecho mal,

y estoy del lado de aquellas personas que 

ya no pueden ni pronunciar su nombre 

sin intentar romper la memoria 

del pasado que no pueden contener.

Por el alcohol,

la locura,

las deudas, 

el desamor,

las constantes imposibilidad que están y seguirán estando 

incluso cuando ya no estemos más. 

Por todas aquellas vidas que han arrebatado injustamente frente a sus ojos

descorazonados.

No tengo bienes materiales, 

ni casa, 

ni auto,

tampoco olvido.

Mucho menos olvido.

No olvido absolutamente nada de lo que he visto,

y he pronunciado:

recuerdo la sonrisa de Kallfulikan

y las lágrimas de Asunción. 

Recuerdo el día que mataron a Rafael,

y la primera vez que toque una pifilka y un kultrún,

Tengo muy presente la ciudad de General Roca y la de Bariloche,

El fortín de la primera y el desprecio de la segunda.

Recuerdo a la mamá de Facundo diciendo:

“¡Plata y miedo nunca tuve!”,

Y recuerdo a la mamá de Luciano afirmando:

“Hasta que no te tocan el culo a vos, nadie hace nada”.

Así como también recuerdo a la mamá de Brian diciendo:

“Todo lo que hacemos, lo hacemos por amor”.

Soy una piedra en el zapato,

una cámara gatillando cien veces en la cara de un verdugo,

un celular sonando en cárceles y barriadas,

una lapicera escribiendo

en una hoja en blanco:

“¡El color de piel no es una herencia de clase!”.

¡Nunca olvido!

Y detesto la hipocresía,

De quienes me saludan sin querer hacerlo,

de quien dicen educar, pero sólo evangelizan,

De los que dicen defender al pueblo, pero sólo defienden su puestito

de cómplices,

y sumisos,

de personas indecisas

y políticas. 

¿Política para quién? 

¡Nunca olvido!

Que la ciudad donde vivo es extractiva,

que sólo sueña comprar un auto último modelo,

y tener el sueldo de un petrolero.

Como tampoco olvidaré,

lo que opina mi familia,

los vecinos y

la impunidad de los internautas

cuando escuchan

o leen la

palabra “mapuche”.

“¡Vuelvan a Chile!”,

“¡Terroristas!”,

“¡Una bala y listo!”,

“¡Que vuelva Roca a cumplir lo que un día empezó!”.

“Esos no son mapuche”.

“Tendrían que volver a su país”.

“¡Planeros!”

“¡Cárcel y balas!”

Hay que aprenderlo, 

de una vez por todas,

seas docente,

periodista

o vendedor de alquitrán.

“El racismo o ser racista, 

nunca será una virtud,

ni un don,

mucho menos una declaración de amor”.

Al racista como al fascista se lo combate,

todo el tiempo,

en donde sea,

y con lo que sea.

Nunca una flor,

o un río,

o un pichiwentru

podrá crecer

y seguir su curso

sin padecer 

las múltiples

formas 

de dolor 

que 

puede 

inventar

un asesino.

Un exterminador

de hojas,

de ojos,

de tayil,

y rakizuam.

Santiago no se ahogó solo,

como tampoco se ahogó solo Facundo,

Ni Carlos se fue por propia voluntad,

Tampoco Sergio, ni Daniel.

A todos ellos los mataron.

A plena luz del día, 

durante la noche,

y en el transcurso de la madrugada.

Los castigaron,

y los verduguearon,

Los ocultaron

y desaparecieron como se desaparece una sonrisa en la lejanía.

Santiago no se ahogó sólo,

ni estaba perdido,

tampoco desorientado.

No era una persona que no sabía qué hacer con su vida,

ni era un perturbado.

Creía en algo

y no tenía olvido.

Fundamentalmente no podía olvidar

que en estas tierras

hombre con winchester en mano,

mataron de la misma forma que lo intentaron 

matar a él.

Cortaron testículos y orejas

como seguramente lo hubieran hecho con él.

Si no se hubieran dado cuenta

a tiempo 

de que se equivocaron,

que no era él,

el que debía padecer

la sinrazón 

de 

la 

patria.

“¡Haga patria y mate un chileno!”

vociferan los energúmenos,

“¡La patria está en juego!”,

reclaman los insolados.

Son una tempestad inducida,

una mina estallando sobre un cerro,

el fracking fractura el centro de la tierra,

la sequía de una laguna.

Son la muerte y el olvido.

La risa del castigo.

La picana en el calabozo,

un cuerpo congelado.

Diez mujeres ahorcadas en una celda,

cien niñas violadas en una comisaría,

mil mujeres desaparecidas en los caminos de la trata.

A un racista,

así como a un fascista

se lo combate

todo el tiempo,

como sea,

y con lo que sea.

Inclusive con una poesía,

un teleobjetivo de 400 mm,

un dron ingresando a los campos que usurpo Benetton,

una semilla de pehuén.

Un cartel con la palabra:

“¡Brujo!”.

Texto y fotografía: Gustavo Figueroa.

Anuncio publicitario

Un comentario sobre “Un cartel con la palabra: “¡Brujo!”

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s