Los ojos de cóndor de Sergio, el arroyo que lo vio crecer y la huerta que un día cultivó con su madre.

Entrevista a Mercedes Ávalos: una hermana que busca respuestas hace 19 años.

Escribe Gustavo Figueroa.

Retrato de Mercedes Ávalos a orillas del arroyo Picún Leufú, donde Sergio solía pasar mucho tiempo.

A Sergio Ávalos le gustaba trabajar la tierra. Era una de las únicas actividades que compartió con su mamá, Margarita. Una pequeña huerta sembrada con zapallos, acelga, choclos y tomates, que cuidaban juntos, por lo menos hasta que Sergio vivió en Picún Leufú, antes de mudarse a Neuquén para estudiar contabilidad en la Universidad Nacional del Comahue. Incluso estaba el sueño y el deseo familiar de que Sergio un día, luego de recibirse, administrara la chacra familiar. «Conesfe: confianza, esperanza y fé. Fue el nombre que eligió Sergio para el proyecto», me cuenta Mercedes, su hermana. Sin embargo, un día la huerta se secó. Durante el primer año, luego de que la seguridad del boliche de Las Palmas de Neuquén desapareciera a Sergio, Margarita hizo un esfuerzo grande para mantenerla viva. Pero al segundo año comenzó el abandono de la huerta y de la propia salud de la mamá de Sergio, quien falleció de una depresión profunda a los pocos años.

Para cuidar una huerta e incluso una sola planta hay que ser constante, paciente y dedicado. Tener la suficiente sensibilidad para saber que esa forma de vida necesita atención todos los días. No sólo agua y sol. Sino también presencia. 

La noche que lo desaparecieron a Sergio, él tenía en la cabeza volver a su casa para pasar el día del padre en familia, entregar las colillas de alumno regular que había iniciado para la universidad y ver el crecimiento de la huerta junto a su madre. 

Sergio entraría por la puerta de la casa familiar haciendo chistes, con una sonrisa dibujada en el rostro. Pero todo eso quedó trunco. Y no sólo eso. Sino que veinte años después gente cercana a Sergio y los propios medios regionales se animan a insinuar que este joven no tenía registro ni por su propia vida, ni por la vida de terceros. Que era incapaz de cuidar de su propia salud y que era insensible ante el esfuerzo que hacía su familia para que él viajará 150 km para estudiar en una universidad pública.

En Argentina existe un grado de estigmatización y racismo tan profundo que ni siquiera hace falta saber la historia personal de los jóvenes de piel oscura para que éstos sean acusados de ladrones, vagos, borrachos, violentos, pendencieros, terroristas. Con sólo mostrar una foto de sus rostros de piel oscura, ojos achinados y pómulos pronunciados, ya les alcanza a los líderes de opinión y al público en general para legitimar esos relatos que coloca a estos jóvenes en el lugar de la sospecha.

Justamente esos jóvenes de piel oscura, risa grande y ojos achinados son los que labran la tierra, los que levantan las paredes de las casas, los que cocinan el pan y limpian los patios de esos mismos que los acusan de vagos, delincuentes, pendencieros y terroristas.

Son esos mismos jóvenes de piel oscura, risa grande y ojos achinados los que deben abandonar sus lugares de origen para ir en busca de un poco de dignidad, que muy pocas veces llega o llega cargada de violencias y maltratos previos, como si existiera en la Argentina una especie institución legitimada que ampara ese doloroso «camino de dignidad».

Y es ahí, justo en ese momento, lejos de la ambición periodista de dar una primicia o de causar un sensacionalismo morboso y estúpido, es que uno -como comunicador social- se da cuenta que humanizar a las víctimas no sólo es prioridad, sino una urgencia. Y no me refiero al sentido antropocéntrico del término. Si no, todo lo contrario, a la relación de las víctimas de violencia institucional y estatal con el territorio que los vio crecer.

A Sergio Ávalos le gustaba pescar en el lago de Picún Leufú (Ezequiel Ramos Mexía). Y le gustaba trabajar la tierra. La misma tierra que lo vio crecer, la convirtió en fruto, en alimento y recuerdo perdurable. Perdurable inclusive en los hijos e hijas de sus hermanas.

Sergio Ávalos tuvo que abandonar su lugar de resguardo y equilibrio para ir en busca de una construcción de mundo que históricamente ha alojado a los jóvenes como Sergio en el lugar de la sospecha. Esa es la paradoja del sistema racista en el que vivimos. Todo el tiempo, determinados jóvenes, tienen que comprobar que son buenas personas, que su historia y pasado importa, que son portadores de un conocimiento que habita en este territorio hace miles de años. Que ese conocimiento, como labrar la tierra y sembrar el mismo alimento que consumen, también importa, que es valioso, y que también debería tener un reconocimiento oportuno y merecido.

En Argentina, no se desprecia a una persona porque se toma una cerveza en un boliche. 

¿Cuántos tiktokers, youtubers, raperos, traperos e inclusive poetas obtienen su popularidad en la Argentina ufanándose de los distintos vicios que consumen? 

En Argentina se desprecia a las personas por su condición social y por sus características étnicas.

Sergio Ávalos improvisaba, como en la antigüedad, una caña de pesca con un tarro de durazno, sacaba lombrices de la misma huerta que cultivaba, vivía con 200 pesos en la pensión de la universidad en la que estudiaba, se movía caminando o en la bicicleta que su padre le había regalado. Sergio Ávalos portaba en su sabiduría el silencio de su madre, el mismo silencio que portan los pehuenes y los lagos del sur cuando se mueven cautelosos con la brisa del viento. En el rostro de Sergio Ávalos se dibuja el color de la tierra que sembraba, la piel suave de la arcilla, los ojos precisos e inquisitivos de un cóndor sobrevolando la estepa patagónica.

Sergio Ávalos podría ser Daniel Solano o Ceferino Namuncurá; podría ser un trabajador golondrina o una persona sabía y sanadora. Nunca podría ser la escoria de la sociedad. Lo dice su familia, pero también todos los docentes que lo trataron, que lo tuvieron como alumno.

A Sergio Ávalos lo quisieron convertir, como a otros jóvenes igual que él, en cemento y cenizas. Pero Sergio habita en el rostro de sus hermanas y en el recuerdo de sus sobrinos y sobrinas. En la mirada de su papá Asunción. En sus ojos escrutadores que son como los de un cóndor sobrevolando la ciudad de Neuquén, el lugar donde lo desaparecieron, la casa de cada uno de sus verdugos: los policías y militares que custodiaban Las Palmas la noche del 14 junio de 2003, el dueño y los encargados del mismo boliche, los responsables políticos y la fiscalía que se encargaron de hacer silencio, omitir, desviar la investigación y hasta perder pruebas. Fundamentalmente los ojos de cóndor de Sergio Ávalos sobrevuelan la casa de Jorge Sobisch (ex gobernador de la provincia de Neuquén), Ana Pechen (ex rectora de la Universidad Nacional del Comahue) y Sandra Taboada (fiscal de la causa durante los primeros cuatro años).

La noche que desapareció Sergio Ávalos vestía la misma ropa que le había comprado su hermana Mercedes para su graduación: una camisa manga corta negra, un pantalón vaquero y unos zapatos negros (los únicos zapatos que tenía). 

La figura de Sergio Ávalos y lo que pasó la noche del 14 junio de 2003 se arma y construye como un rompecabezas de mil partes. Se expande. Aparecen nuevos actores. Nuevos frases y dichos. Incluso se intenta tergiversar la realidad. Pero sobre la tierra de arriba, el asfalto, las paredes y las redes sociales, los ojos de cóndor de Sergio siguen mirando una ciudad extractiva que no parece detenerse ante el dolor y la ausencia.

Las Palmas volvió a abrir sus puertas, los policías y los gendarmes siguen ocupando sus puestos al igual que la fiscal Sandra Taboada, Jorge Sobisch se intentó presentar como gobernador de la provincia, así como Ana Pechen acaba de postularse recientemente como diputada dentro del Movimiento Popular Neuquino (MPN).

«Nunca escuché a Ana Pechen, mientras fue vicegobernadora de la provincia, pronunciar el nombre de Sergio», me advierte Mercedes.

Los que recuerdan y pronuncian son otras personas: los familiares, los estudiantes y activistas comprometidos, el lago que lo acunó, la chacra que habita su papá, los ojos de cóndor que siguen mirando hace 19 años la idiosincrasia de una provincia que se ha acostumbrado a mentir, a ocultar, a encubrir, a no sensibilizarse con las injusticias que se pronuncian como una política de Estado, indiscutible, impávida y sórdida. 

«Quienes hacen la seguridad, sabemos que son la misma fuerza que hace desaparecer a las personas. ¡Tienen los medios! ¿Cuál es el motivo y por qué?», se pregunta Mercedes. «Solo voy a estar tranquila cuando los responsables sean imputados». Y ese es un pedido que no puede ser alojado sólo en el poder jurídico de la Argentina.

Es urgente interrogarnos como sociedad: ¿por qué en Argentina -y en particular en las provincias del sur del país- se ha naturalizado que determinadas personas son extirpables, “dignas de ser desaparecidas”? ¿Por qué los «mecanismos» y «protocolos» de encubrimiento en la Argentina permanecen tan aceitados, elocuentes y efectivos? Es urgente discutir: ¿por qué la ciudadanía de Picún Leufú y Neuquén naturalizó de una forma tan pasiva, desesperante y repudiable que un joven permanezca desaparecido durante 19 años?

¿Fue Sergio Ávalos el que vio algo o somos nosotros como sociedad los que no queremos mirar lo que se ejecuta todos los días en esta provincia extractiva, en torno al MPN, en manos de los verdugos de las fuerzas de seguridad y el orden de la Nación?

¿Fue Sergio Ávalos el que vio algo o somos nosotros como sociedad los que no queremos ver y denunciar lo que sucedía en antros como Las Palmas, en donde circula la trata de personas con fines de explotación sexual, el narcotráfico, la corrupción y la explotación laboral? 

Nunca hay que olvidar que lugares como Las Palmas siguen existiendo y que, a esos mismos lugares, mientras nosotros preferimos hacer silencio y hacernos los desentendidos, asisten nuestros hijos, sobrinas, parejas, amigos, vecinas, estudiantes, colegas. 

Nunca hay que olvidar que mientras Sergio observaba con su vista de cóndor, existían (y aún siguen existiendo) muchas personas en la sociedad de Neuquén que han decidido sistemáticamente, como “filosofía de vida”, hacer la vista gorda ante los mayores males que una comunidad puede pronunciar y encubrir.

Sólo los ojos de Sergio pudieron ver el último rostro que descargó su furia contra su cuerpo. Detrás de esa mano verduga conviven y coexisten múltiples actores sociales dispuestos a olvidar, a dar vuelta la hoja, a mirar para otro lado.

En todos lados, en cualquier momento, debemos ser, como los ojos de Sergio, la pesquisa de los impunes. 

Crónica y fotografía: Gustavo Figueroa.

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