¡114 disparos gatillados contra la piel oscura!

Un ensayo discursivo sobre los casos de gatillo fácil y desaparición forzada que aún persisten impunes dentro de la Argentina.

Por Gustavo Figueroa.

Graciela Salvo y Alejandro Nahuel, mamá y papá de Rafael Nahuel.

Ojalá las balas que mataron a Brian Hernández y a Matías Casas nunca se hubieran disparado.

Ojalá alcanzará con juzgar y detener a sus verdugos.

Ojalá, César y Eli, no tuvieran que llorar y recordarlos todos los días.

¿Hace cuántos años que la sociedad argentina sigue repitiendo la frase: «¡Algo habrán hecho»!? Los fachos, los católicos, los patriotas, los homofóbicos, los racistas.

¡Y nos hablan de odio! ¿Acaso existen jerarquías de odio? ¿Las que deben ser atendidas y las que no? ¿Las que deben ser problematizadas y las que no? ¿Las que valen la pena y las que no? ¿Las que son movilizantes y las que no?

114 tiros le dispararon a Rafael Nahuel, por la espalda, a mediana distancia, escapando por el monte, como un tigre o un puma que ya no puede habitar el territorio que lo vio crecer.

¡114 disparos por la espalda! ¡Gatillados! ¡Percutados! Impactados sobre los árboles, la tierra, la piel oscura.

¿Y qué dijo la sociedad argentina al respecto? ¿Se movilizó? ¿Acaso no es éste un caso de odio? ¿Existe en la sociedad argentina un odio más enconado que el del racismo? ¿Qué dijo y opinó Cristina Kirchner por el crimen de odio en contra de Rafael Nahuel? ¿Dónde están hoy los verdugos de Rafael? ¿Algún día la sociedad argentina se tomará un día feriado para marchar por un mapuche asesinado por la espalda? ¿La sociedad argentina se podrá indignar un día por un mapuche asesinado de 114 tiros por la espalda?

Ojalá los golpes que le dieron a Facundo Castro no lo hubieran matado, ojalá los castigos y ultrajes que le realizaron a Daniel Solano no lo hubieran matado, ojalá la tortura que le practicaron a Sergio Ávalos no lo hubieran matado, y así su papá (Asunción) lo hubiera vuelto a ver. Ojalá el daño que le produjeron a Carlos Painevil no lo hubiera desaparecido. Ojalá las vejaciones que padeció Santiago Maldonado nunca hubieran ocurrido. Ojalá no le hubieran hecho todo lo que le hicieron a Luciano Arruga.

Ojalá la población se hubiera movilizado con la misma indignación que se movilizan hoy por una persona que poco estuvo cerca de todos estos nombres, que incluso los ninguneo, o ni siquiera se animó a mencionarlos para proteger a sus súbditos – cómplices – colegas políticos.

Ojalá los gatillos fáciles y las desapariciones forzadas perpetradas en democracia dentro de Argentina se resolvieran con la misma celeridad que los intentos de magnicidio.

Ojalá los padres y madres no deberían pasar cuatro, ocho o hasta veinte años esperando encontrar los restos erosionados de sus hijos.

Ojalá nunca debieran morir esperando volver a ver, aunque sea un resto óseo de sus seres queridos, con la angustia constante de que nadie escucha, de que nadie quiere ver.

Ojalá, Alfredo Cuéllar, nunca hubiera tenido que ir a reconocer el cuerpo de su hija a un penal. Ojalá las balas que le dispararon a Pablo Vera nunca se hubieran disparado. 

El poder es un arma que se dirige e impacta con sesgo y privilegios. 

El poder es un arma de clase, cargada de jerarquías y desprecio.

Nunca pierden, los que manipulan ese poder. Permanecen siempre con esos beneficios. Pase lo que pase, nunca pierden. Vuelven a aparecer, una y otra vez, sin ninguna consecuencia: como volvió aparecer un día Menem, como aparecen una y otra vez Duhalde y Cavallo. Siempre vuelven, a pesar de todo el mal que producen, vuelven, como Jorge Sobisch volvió después de asesinar a Carlos Fuentealba. Nunca son juzgados, ni comprometidos, ni expulsados de las sociedades que implosionan. Todo lo contrario: son beneficiados con sueldos de privilegio, con casas de ensueños, con bienes inalcanzables. El resto, la masa, la totalidad de la sociedad, padece y paga. Siempre paga los platos rotos que los privilegiados rompen.

Los privilegiados permanecen, subidos a un trono, un pedestal, atravesando calles de tierras, sostenidos por hombres y mujeres sin dientes. 

Los reyes y las reinas siempre permanecen en el poder, con sus millones, las estancias interminables, sus cargos irrenunciables.

Nunca pierden, nosotros pagamos.

Las madres y los padres siguen esperando que sus hijos e hijas vuelvan.

Como Andrés que aún sigue esperando que Tehuel vuelva, como Roberto Uriarte que también espera que los restos de Otoño aparezcan para poder darles un digno entierro.

¿Nos hablan de odio, como si no supiéramos, lo que significa, lo que es que te descalifiquen por el sólo hecho de ser, de existir, de permanecer caminando por la tierra que nos fue usurpada, apropiada, convertida en tierras fiscales?

Los medios de Buenos Aires nos quieren hablar de odio y de agenda mediática, a nosotros los provincianos, a los chatos, que hace décadas tenemos que vivenciar y hacer propias sus grietas, sus dispuestas, sus miserias. Nos hablan de odio y de agenda mediática cuando nos han quitado todo y cada vez que vienen algo contaminan o fracturan o venden o se apropian o distorsionan o convierten en un bien extractivo.

A nosotros los provincianos, los porteños nos quieren enseñar que es el odio y una agenda mediática.

De odio nos hablan, mientras que las identidades trans no pueden andar de día porque los ven, como tampoco pueden andar de noche porque los desaparecen (como a Tehuel). 

Nos hablan de odio a nosotros la gente de piel oscura a la que se nos asignó desde que nacimos una zona periférica específica para movernos, porque si ingresamos al centro nos detienen, nos linchan o nos disparan por la espalda, sin ni siquiera preguntarse cómo es nuestro nombre.

«Winka trewa», decimos.

«Petu Mogeleiñ», afirmamos.

¡Sigan con sus shows y disfraces! Sigan disputándose el poder, sigan permaneciendo en sus mansiones, en sus autos importados, en sus tierras -que nos pertenecen-, que nosotros, en cambio, seguiremos buscando a nuestros muertos, que ustedes no reconocen, no pueden buscar, ni identificar, ni contemplar, sin ver un negocio lucrativo, el alimento de sus posicionamientos miserables.

¿Se movilizó, posicionó o indignó alguna vez Cristina Kirchner por el asesinato de Rafael Nahuel? ¿Qué piensa por el asesinato de Facundo Castro? ¿Cómo se comportó desde el momento cero de la desaparición de Luciano Arruga hasta la actualidad?

Sigan especulando con su permanencia en las sucias jerarquías de privilegios de una sociedad negacionista, epistémica y genocida.

Nosotros seremos caricia para todas las madres, hermanas e hijas que aún siguen buscando en soledad y silencio a sus familiares desaparecidos en democracia, estigmatizadas por el sólo hecho de ser, de existir, de no poseer el privilegio de los privilegiados.

Seguiremos sentados en los pasillos judiciales junto a las familias, solicitando audiencias, esperando que un juez se digne a escuchar, a vernos, a entender que existen personas en la Argentina que no hablan su idioma.

Ahí, seguiremos estando, buscando justicia, reparación, equilibrio, dignidad, reconocimiento, autonomía

Seguiremos estando. Ninguneados, invisibilizados, estigmatizados, negados.

El kimvn de los pueblos: la prevalencia. Entre tanto privilegio seguiremos estando, habitando, pronunciando nuestras voces y rakizuam.

Texto y fotografías: Gustavo Figueroa.

Los casos que son mencionados aparecen en función de las coberturas que el autor ha realizado. Por de aparición se puede ver: Gualberto Solano (papá de Daniel Solano), Asunción Ávalos (Papá de Sergio Ávalos), Andrés de la Torre (papá de Tehuel), Mónica Alegre (mamá de Luciano Arruga), Alfredo Cuellar (papá de la «China» Cuellar), María del Carmen Ñancufil (mamá de Pablo Vera), Eli Hernández (mamá de Brian Hernández), Cesar Casas (papá de Matías Casas). Nancy, Juan, Any y Claudia Painevil (familiares de Carlos Painevil), Cristina Castro (mamá de Facundo Castro).

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