«Las Ancestras»: rap mapuche en la ciudad. 

El reconocimiento identitario preexistente como parte de un proceso histórico – cultural que excede el posicionamiento ideológico. 

Por Gustavo Figueroa.

Este texto nace y se desprende del último videoclip que compuso y publicó la rapera mapuche Urraka Negra denominado “Las ancestras”.

Retrato de Urraka Negra MC en la fvta warria (Capital Federal, Buenos Aires) del Puel Mapu. 

Una de las ideas o mitos que subyacen los pasillos internos de la realidad social – cultural argentina cuando se aborda la «cuestión indígena» es que ésta identidad está subsumida al posicionamiento ideológico del país en discusión. Es decir, se comprende y se naturaliza (quizás por desconocimiento) que una identidad preexistente equivale a un partido político o posicionamiento ideológico. Peor aún, y conociendo la realidad de la capital del país (Buenos Aires), esa identidad preexistente debe estar subsumida a la disputa macrismo – kirchnerismo / capitalismo – clase obrera. Desde el Pueblo Nación Mapuche insistimos: nosotros estamos desde antes. Parafraseando a Matías Catrileo: ¡Nosotros no somos los «indios» de Argentina! Somos un Pueblo Nación que tiene una visión de mundo, una  lengua, un sistema jurídico y un sistema de salud propio. Y aunque lo intenten negar, a través de diferentes postulados, también poseemos un territorio, apropiado, pero vivo y latente que determina y condiciona el desarrollo pleno de nuestra identidad, que no puede ser elidida de ese territorio (intransferible). Reformulando, y para qué se entienda, no tenemos una visión de mundo antropocéntrica. Por lo tanto, es el territorio el que nos determina como personas y comunidad. Y es el territorio el que nos posiciona frente al capitalismo y todas las formas de explotación contemporáneas. 

Los elementos más elevados que portamos como che (gente) no son ni materiales ni reflexivos (nacidos estrictamente de una mente genial y revolucionaria). Los elementos más elevados para nuestro pueblo están constituidos por agua y una materia intangible (ngen) para el ojo antropocéntrico. Desde el momento cero que salimos a la calle y pronunciamos «¡el agua es vida!» nos estamos posicionando ante el capitalismo, las nuevas formas de extractivismo y los posicionamientos ideológicos -estén a favor o en contra de esta consigna-. Porque está consigna no constituye para nosotros, insisto, un posicionamiento ideológico, sino más bien una parte elemental e imprescindible de nuestra identidad. Somos en tanto podamos crecer junto al ngen agua y sus múltiples formas: leufu (río), lafken (lago), trayenko (cascada de agua). Me refiero a un elemento vital y esencial en la conformación de la vida que en algún momento histórico pasó a ocupar un lugar secundario hasta convertirse (más cercano en el tiempo) en un espacio sacrificable para las sociedades posmodernas, “democráticas” y “progresistas”.

«Los elementos más elevados que portamos como che (gente) no son ni materiales ni reflexivos (nacidos estrictamente de una mente genial y revolucionaria). Los elementos más elevados para nuestro pueblo están constituidos por agua y una materia intangible (ngen) para el ojo antropocéntrico».

G.F.

Viéndolo desde otra perspectiva, antes de llegar a la disputa ideológica que habita la realidad socio – cultural de la Argentina, debemos saber de forma urgente y vital, quiénes somos y qué significa pertenecer a un pueblo preexistente determinado (en este caso el pueblo mapuche). ¿Qué significa para una persona contemporánea criarse con una cultura y un nombre impuesto? ¿Qué significa encontrarse con la identidad preexistente en la ciudad, lejos de una comunidad (constituida como tal)? ¿Cómo es repensar el cuerpo, la salud, las palabras, los espacios naturales y el pensamiento desde la visión de mundo de nuestro pueblo preexistente (sea el que sea dentro de Argentina)? 

Urraka Negra se presenta así porque reniega del nombre y el apellido impuesto que recibió. Urraka Negra es portadora en su cuerpo, memoria y espíritu de los dos procesos genocidas que atravesó este territorio. Es una nieta recuperada que aún no conoce su verdadera familia, víctima de la última dictadura cívico militar. Y es una mujer mapuche que reconstruye su identidad preexistente en la ciudad, con las limitaciones y las imposibilidades, que existen en una ciudad que ha tapado y contaminado todos sus ngen de agua para convertirlos en un gran monumento de cemento. 

Pero para que este proceso se pronuncie, en un país colonial como la Argentina, alguien debe «soplar la información al oído» porque nuestra identidad no se encuentra en los libros, una biblioteca o la Historia Oficial de la Argentina. Y ese alguien que “sopla la información al oído” no es un líder comunicacional, ni un referente cultural; ocupa, en una sociedad colonial como la Argentina, los lugares y espacios más invisibilizados de la sociedad (nuestros maestros y maestras mapuche generalmente son personas analfabetas o que no saben escribir y leer en castellano). Y una vez que esa información vital llega a nosotros, lo que deviene es un largo proceso de reconstrucción, revitalización y deconstrucción (de la filosofía occidental con la que nos formamos) que puede durar años, incluso la vida en tu totalidad. Y recién, una vez que este proceso alcanza un pronunciado avance, en donde podemos asegurar con certezas quiénes somos, ahí sí, inicia un prolongado análisis sociocultural de los escenarios que nos tocó transitar (la capital de una provincia o el país, un momento histórico determinado) y los correspondientes posicionamientos ideológicos. 

Trabajar desde el lugar de la incomodidad resulta un posicionamiento ideológico. Hablar en mapudungun (lengua del Pueblo Nación Mapuche), usar trarilonko (vincha) y kupam (vestido) en la ciudad (de un país colonial) representa un acto de reivindicación identitario e ideológico. Irrumpir en la realidad para visibilizar mi identidad y el historial de violencia que padecí como persona y como parte de un pueblo determinado que ha sido invisibilizado por un país colonial, y por lo tanto racista, como característica fundante. Sin embargo, para alcanzar ese nivel de conciencia social, previamente debo saber que este Pueblo Nación (Mapuche) existió, sigue vivo y que es parte de las personas que habitan también las ciudades de la Argentina: las que habitan las cárceles, los barrios periféricos, el “interior” de las provincias. 

Urraka Negra invoca a las ancestras y visibiliza distintos escenarios de Buenos Aires en donde estas ancestras debieron transitar su infancia de forma forzada. Por ejemplo, en el caso del Hotel de los Inmigrantes, ubicado en el barrio de Retiro de la capital de Buenos Aires, representa un escenario en donde fueron recibidos muchos migrantes europeos que forjaron la consigna nacional de “Repoblar la Argentina” (como si antiguamente no existieran personas en este territorio), pero también representa (para nuestro pueblo) el escenario en donde fueron ofrecidas nuestras abuelas (ancestras) para ser utilizadas como servidumbre, esclavas y despojos sexuales dentro de las casas de familias terratenientes que se estaban constituyendo e instalando en este país de forma impuesta. Urraka Negra transita esta ciudad, pero también los escenarios históricos e institucionales de Buenos Aires para repensar y visibilizar los espacios donde se impuso un genocidio, pero también para repensar la propia identidad (individual y colectiva) del país. 

Cuando Urraka Negra afirma que escucha voces y que esas voces representan guías en la búsqueda de su identidad en la ciudad, se refiere, por un lado, a las voces de esas niñas (de 8, 9 y 10 años) que tuvieron que transitar distintas formas de violencia racial: el despojo territorial, la separación étnico – familiar, la imposición de una identidad y los diferentes ultrajes (psicológicos, sociales y sexuales) por ser pertenecientes a un pueblo preexistente (mapuche). Los mismos que (de forma parcial, pero casi en su totalidad) también tuvo que transitar Urraka Negra, como mujer mapuche, racializada y apropiada. Y en segundo lugar, Urraka Negra hace referencia a un diálogo constante que no decrece, sino que se mantiene como una constante identitaria y cultural (identidad espiritual). Este diálogo, desde la perspectiva occidental -específicamente desde la psiquiatría- puede ser juzgado y reprimido. Todo lo que pertenezca a la esfera de lo intangible y lo irracional para la cosmovisión occidental es digna de ser reprimida y juzgada como un mal, una patología alienante y antisocial. Para ser más concreto y citar ejemplos cercanos de la cotidianidad: si una activista de derechos humanos o un familiar de una víctima de la última dictadura cívico – militar afirma que en escenarios, como los de los ex campos de concentración (ex ESMA), se puede percibir una dimensión material que excede la percepción visual, muchas personas lo van a defender, alegando “habita una energía negativa”, “se puede percibir una energía sumamente pesada”. Del mismo modo, si una persona viaja y visita un campo de Auschwitz o las pirámides egipcias en El Cairo, puede denunciar que convive en estos escenarios un pasado que todavía es perceptible. Incluso, más palpable aún, si un hincha de fútbol o un fans de una banda de rock afirma con emoción que previo al ingreso a la cancha o el escenario de su equipo o banda preferida, percibió una vitalidad diferente, particular, distinguible, calificable y claramente perceptible, puede ser (y lo es) comprendido y acompañado en su relato. Sin embargo, cuando los pueblos preexistentes afirmamos que en los fortines patrióticos de la Argentina, las haciendas de la sociedad rural y/o las distintas instituciones eclesiásticas que habitan Buenos Aires (como otros puntos estratégicos del país), donde estuvieron alojadas nuestras abuelas, se puede percibir aún su dolor, reclamo y presencia, nuestro discurso es puesto automáticamente en duda, en tensión, en tela de juicio, con respuestas estigmatizantes. “¡Son pensamientos animistas! “¡Sobrenaturales!”, dicen. “Incuantificables, irreales, surrealistas, inverosímiles”, definen injustamente. 

Se dice que nuestras identidades preexistentes representan la modernidad (o la posmodernidad) dado que nuestras identidades preexistentes son las que empiezan a ocupar los distintos espacios culturales y de disputa sociocultural en la actualidad. Insistimos: nosotros estamos desde antes. La identidad preexistente representa una entidad que precede a la ideología (ésta es una elaboración estrictamente humana, antropocéntrica y colonial) que pretende ocupar nuestras vidas y nuestros territorios como el único documento legible, tangible y legítimo de la verdad; como el único documento capaz de construir realidad. Nuestro pasado familiar, nuestras experiencias y fundamentalmente el territorio que habitamos están presentes para demostrar lo contrario.

Texto y fotografía: Gustavo Figueroa

Videoclip «Las ancestras» de Urraka Negra.

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